top of page

Ecos de la comisaría del menor

Foto del escritor: Franco Medina
Franco Medina
hace 14 minutos
15 min de lectura
Monolito recordatorio de los chicos con velas

Por: Franco Medina


En Los escondidos, reconstruí el funcionamiento de la Comisaría del Menor y las circunstancias del incendio de 1989. (Las dos notas se pueden leer por separado)


A paso lento se acercan los fieles mientras se termina de preparar el altar. Al lado hay una mesa con un mantel blanco bien prolijo, una cruz y una biblia gorda. Atrás, otra cruz pero clavada y de un poco más de dos metros de altura. El joven cura de la parroquia San Luis Rey, Federico Aquino, saluda a todos con una sonrisa y los seis niños monaguillos se colocan a su costado en un banco. A diferencia de una misa de domingo, no hay más de treinta personas y muy pocos, los más grandes, traen sus silletas. Se esconde el sol y llegan cientos de mosquitos muy ansiosos. 


“Bienvenidos a Villa Jardín, donde nadie se enoja”, dice un cartel ubicado en la entrada al barrio en la zona sudeste de la ciudad de Formosa, que bordea el río Paraguay.


En Ingeniero Huergo y D´augero, tres cuadras más adentro, el padre Aquino celebra una misa aniversario “para no callarnos ante lo que está mal”, dice. Detrás de él está la vieja cruz de madera clavada y hay un monolito con el nombre de ocho chicos que murieron en un incendio. Detrás nuestro, la comisaría Bernardino Rivadavia sin terminar, con un cartel víctima del paso del tiempo que dice: ACÁ HAY UN ESTADO PRESENTE.


Donde habitará Rivadavia, en 1985, durante el gobierno de Floro Bogado y por disposición -Nº051/85- de la Jefatura de Policía, se creó una comisaría para menores de edad. Su objetivo, explica el documento, era crear un lugar para que los chicos con problemas de conducta tengan un espacio “correctivo, disciplinario y reflexivo” para estar no más de 48 horas.


El 16 de octubre de 1989 había dieciséis menores detenidos en dos celdas de 3x3, algunos estaban desde hacía meses y todos eran pobres. Ocho de ellos prendieron fuego los colchones y las cuchetas en reclamo por las torturas que recibían y por las condiciones en las que estaban ahí adentro, pero en ese momento no había guardias. De los ocho, algunos murieron minutos después y los demás en los días siguientes.


A la comisaría del menor hoy se la conoce como “El holocausto de Villa Jardín”. La historia sobrevive de boca en boca: “no voy a hablar”, “¿cómo me encontraste?”, “me sorprendió que me contactes”, “yo estuve ahí”. 


—Los policías varias veces pidieron la bendición, dos veces hicimos. Por ahí cuando hacemos la misa del día se acerca así alguno medio… y piden, porque según ellos siguen escuchando gritos o como que le tiran piedras —me había contado unos días antes de la misa el padre Aquino, con una leve sonrisa.


***


Hay un dato central del incendio que, hasta el momento, me genera confusión: gran parte de las notas periodísticas y la memoria de quienes recuerdan el caso lo sitúan el 16 de octubre, un domingo día de la madre. El calendario marca 16 de octubre de 1989 un lunes y el día de la madre, por lo tanto, el domingo 15. El diario La Mañana, en su edición del martes 17, informó que había ocurrido “ayer”.


No encontré registros oficiales sobre el día del incendio, no hubo respuestas ante los pedidos de información, tampoco a los pedidos de entrevista a dirigentes políticos -oficialistas y opositores- en esos años. Lo que queda son algunos recortes, relatos y poca información estatal.


—Hay que sacar la cuenta, yo tengo 58, nací en el 68, tenía 17 años. En el 85 fue —me dice Alfredo Juárez sentado en el cantero de la plaza San Martín, cuando le pregunto en qué año estuvo ahí.


Alfredo estuvo preso quince días en la comisaría del menor por robo, pero los vivió como si fueran años. Robaba muchas joyas a los milicos que se las habían adueñado ilegalmente pocos años atrás.


Habían pasado dos años del regreso de la democracia pero recuerda que ese cambio solo lo vivieron algunas personas: “Te llevaban preso por cualquier cosa, por tener el pelo largo, por andar en la calle, les quedaba resabio de la dictadura y lo estaban exponiendo hasta último momento”.


—¿Cómo era que se llamaba el jefe de policía?—se pregunta en voz alta. Ya me voy a acordar el nombre, un flaquito, viejo.


—¿Y pelado?


—Sí, pelado.


—¿Borrini?


—¡Ese! Borrini.





El día en la comisaría del menor empezaba a las siete con salto de rana, flexiones de brazo y cuerpo a tierra hasta las diez de la mañana. En el almuerzo la porción era del tamaño de un puño y estaba condimentada por escupitajos de los policías. Seguido, al grito de que no tenían derecho a comer porque eran delincuentes, la rutina se repetía hasta que vomitaran. A la tarde, otra vez, hasta un poco más del último suspiro.


—Uno no podía hacer más flexiones de brazos, estaba acostado en el piso, y en las costillas ¡PLAF! con los borcegos. ¡DALE! ¡DALE! ¡HACÉ! le decían. Encima criatura, boludo, nooo. Diez años por ahí tenía, pobrecito —cuenta Alfredo con la mirada a 41 años de distancia.


Y marca una diferencia: “Yo soy callejero pero no soy de la calle”. Ser de la calle era dormir en baldíos o en vagones, él solamente andaba por ahí. 


Marcelo Vacazur también era callejero.


Le decían el Negro. Su papá era panadero en la panadería Milanese y su mamá era empleada doméstica. Tenía una casa pero al Negro le gustaba vagar, se juntaba con los pibes del centro: limpia vidrios, lustra botas, canillitas. Siempre andaban por las zonas de los vagones, donde ahora está la costanera. 


En octubre de 1989, hacía días que su papá lo buscaba porque se acercaba el día de la madre, hasta que le dijeron que lo habían llevado a la comisaría del menor y lo fue a traer en su bicicleta.


—Mi hermano tenía 14 o 15 años, tuvo suerte en ese momento, porque mi papá lo trajo justo el día de la madre o un día antes, no tengo bien la fecha —me cuenta Pablo Vacazur.


Pablo no lo tiene tan presente en su memoria porque en ese año tenía cinco. Sí sabe, porque se lo contó su hermano, que si los menores tenían familias había ciertos protocolos que pedían para retirarlos, pero muchas veces se retrasaba igual la salida.


—Él se acordaba mucho de algunos compañeros que perdió en el incendio, sobre todo del pibe este que era originario


— ¿Dañacon?


— De Dañacon sí.


Marcelo Vacazur y sus hermanos

Marcelo Vacazur y sus hermanos


***


Los Dañacon viven cerca de la capilla del Divino Niño, me dice Alfredo, y yo todavía no logro ubicarlos. 


Luis Alberto Dañacon tenía 12 años cuando murió y estaba preso por “vagancia”. Los demás que murieron fueron: Agustín Rodas (15 años), Víctor Sanabria (16) y Edgar Benítez (14). En los días siguientes: Roberto Carlos Del Valle (16), Ángel Moreno (17), Gustavo Benítez (16) y Walter Wilfrido Aguilar (12).


En el 85, cuando Alfredo estuvo ahí había criaturas más chicas. Recuerda a tres de 7 y 8 años y después más grandes, adolescentes y de 20, 21, a quienes después los trasladaron.


—Todos los policías eran borrachos, se iban a pescar y a chupar frente al río, nos dejaban solos. No quedaba nadie, cerraban todo y se iban a la mierda. Cerraban la celda, otra puerta después de la celda y la comisaría —dice.


Cuando no estaban haciendo ejercicios hablaban entre ellos. No entendían por qué estaban ahí hace tanto tiempo, si hicieron tal cosa. Si no hicieron nada. Si andaban por la calle nomás.


A la noche la atmósfera se volvía más pesada. La comisaría estaba bordeada por el río Paraguay y el fondo, donde estaba la celda, por una laguna. Los mosquitos salían a cazar criaturas, era imposible dormir. O les interrumpían el sueño los policías: si había un robo afuera o pasaba algo y alguien de adentro era amigo, lo conocía o si el carcelero tenía ganas, lo sacaban de la celda, lo llevaban a una pieza y al rato lo volvían a encerrar todo golpeado. O lo castigaban a alguno dejándolo toda la noche en el baño desnudo. El baño estaba al lado de la celda, era un cuartito donde apenas entraban dos, con un pocito ciego, cientos de mosquitos y una alfombra ancha de moho que apenas les permitía hacer pie.


La impresión de Alfredo es que los policías que pasaban por ahí estaban todos locos y mandaban a los peores para querer educar a las criaturas. Y su certeza es que así no se educa, eso es para la casa o para institutos especializados en menores.


Dice que a él le hicieron hacer todos los ejercicios, le escupían la comida y lo metieron al baño pero eso nomás, no le pegaron. Su papá lo visitó con un “viejo respetado” que era de policía de Territorios Nacionales y pidió que no le pegaran, pero que a los policías “ganas no les faltaron” porque robaba joyas de los milicos.


—Llegué y me quisieron violar, porque había mayores, había vagos grandes ahí de 19, 20 años. Me defendieron un par de mi gente que yo tenía conocidos. Era un infierno, un infierno…—recuerda.


***


En 1989, la Argentina todavía atravesaba una transición democrática y algunas prácticas policiales, especialmente contra los menores pobres, persistían. En paralelo, comenzaba a tomar fuerza la discusión sobre lo que significaba proteger a los niños y lo que significaba castigarlos.


Para ese año, la comisaría del menor ya había cambiado su fisonomía, eran dos celdas de 3x3, un ventiluz del tamaño de un torso, sin baño pero con tachos de pintura para que los presos hicieran sus necesidades y los gusanos y las moscas pudieran engordar. Había entre dos y tres camas y sobrepoblación de niños.


Ese 16 de octubre había ocho niños en cada celda. Alfredo ya estaba fuera de la comisaría, pero las “casualidades de la vida” hicieron que se cruce con Barco en el juzgado de menores. El muchacho del que no recuerda el nombre pero sí el apellido estaba lleno de hollín. 


—¿Qué te pasó a vos?


—Nos quemamos todos en la comisaría.


Según Alfredo, el chico le contó en ese momento que, cuando el humo de los colchones llenó las celdas, metió la cabeza en el ventiluz para poder respirar porque era el único espacio por donde entraba aire.


“En ese momento no tomé dimensión de lo que me dijo, de que se habían quemado, yo pensé que era un motín. Después me enteré y me puse a pensar: ¡Chaa! de terror fue eso”, recuerda.


Interior de la celda

Interior de la celda


***


—Esa vez habrán estado los policías, porque esto que pasó aquí fue un domingo día de la madre, después de que los chicos estuvieron con las mamás.


Dice Claudia, vecina del barrio Lote 4, cuando le pregunto si se conocieron los intentos de incendio que hubo en la comisaría en el 87 una vez y en el 88 dos veces. Y explica que los chicos querían salir al patio por eso prendieron fuego los colchones, que algo así contó el chico que declaró en el juicio.


También recuerda que cuando empezó a funcionar la comisaría del menor no hubo oposición ni reclamos: “No había nada, porque todo era un riesgo, amenazante. El que estaba en contra era… como siempre”, dice con una sonrisa resignada. 


Enseguida se corrige y menciona al cura Delis Luque como uno de los que siempre se preocupó y ocupó por los chicos de la calle. 


—¿Claudia y alguno de la pastoral iba a visitarlos o no te acordás? —le pregunta Federico Aquino, que hizo de nexo para la entrevista.


—No, no iba nadie.


Claudia ronda los ochenta y vive a pocas cuadras de la comisaría. Ese domingo —o lunes— a la siesta estaba en su casa cuando escuchó pasar una sirena. Se asustó porque sus papás vivían en el barrio Villa Jardín. Sacó su moto y salió volando a ver qué había pasado. 


—A mí me… a mi me cala mucho esto porque… —dijo Claudia, con la voz temblorosa e hizo silencio unos segundos.


—Alcancé a ver a los chicos… —siguió y volvió a hacer silencio.


—Alcancé a verlos tirados en la camioneta de la policía como unas ramas secas, negras —terminó de decir y el silencio fue más largo.


***


Al otro día del incendio, el título del diario La Mañana fue: “Tres muertos era hasta anoche el saldo de la tragedia”.


De los ocho muertos solamente tres podrían haber estado imputados por la “comisión de delitos”. Víctor Sanabria, por ejemplo, habría estado libre si la secretaria del juzgado, Marta Zuchett, no le hubiera exigido al papá la partida de nacimiento de su hijo, a pesar de que ese documento se encontraba en dos expedientes distintos en el mismo juzgado.


Cuando se inició el incendio, todas las puertas estaban cerradas. Rubén “Comanchero” Maidana era el que más torturaba a los menores y uno de los que tenía que haber estado en la comisaría en ese momento. 


—Fue un lapso de 4 a 6 minutos que dejé a los menores solos para atender un llamado telefónico en la guardia cuando se desató el incendio. Regresé y el fuego ya era intenso —declaró el 17 de noviembre de 1992 en el juicio.


Uno de los sobrevivientes testificó que Maidana tardó cerca de media hora en volver a su puesto de trabajo.


El 7 de diciembre de 1992, la Justicia condenó a cuatro de los cinco policías. Maidana recibió cuatro años y seis meses por severidades y vejaciones con violencia y abandono de personas. El cabo Carlos Alberto Ayala, tres años, por los mismos malos tratos. José María “Paloma” Ruiz, un año, como partícipe secundario. El jefe de guardia, Fidencio “Papi” González, un año y seis meses por amenazas con arma. Solo a Maidana y a Ayala se les ordenó cumplir la pena en prisión. Carlos Caballero, jefe de la comisaría del menor, fue sobreseído.


Ninguno fue condenado por torturas. El Código Penal castiga las severidades y vejaciones con uno a cinco años de prisión; la tortura, vigente desde 1984, con ocho a veinticinco, y con perpetua si la víctima muere.


Al día siguiente del incendio el diario no sabía lo que se iba a escuchar en el juicio. Hoy se sabe, y la palabra sigue siendo la misma. Juan Lenscak, referente de derechos humanos y director de Minoridad y Familia desde 1993 a 1995, me respondió que “la tragedia siempre es motivo de reflexión y transformación”, cuando le pregunté si en la sociedad y en los organismos de Derechos Humanos se sabía lo que pasaba en la comisaría. Y que hubo juicio a los responsables más directos: “Hubo un juez destituido. También hubo el juicio de las urnas.”


El único funcionario que perdió su cargo fue el juez de menores Héctor Gallardo: un jury lo destituyó. Días después del incendio, se defendió diciendo que había advertido sobre las “situaciones irregulares” de los chicos. En octubre de 1986, sin quitar responsabilidad a su juzgado a cargo, le escribió al Superior Tribunal de Justicia por la falta de instituciones y de personal “para el buen tratamiento de los menores”. En junio de 1988, al Ministerio de Acción Social. En mayo de 1989, otra vez al Superior Tribunal, para que se resolvieran los problemas de infraestructura de la comisaría del menor. Su presidente, Ariel Coll, confirmó la nota: dijo que a las 48 horas la enviaron al Ministerio de Gobierno y que la comisaría fue reacondicionada.


Cinco meses después, en las celdas había tachos de pintura en lugar de baño.


Treinta y siete años después, Ariel Coll sigue como ministro del Superior Tribunal de Justicia.


El ministro de Acción Social, Héctor Pastor, hoy tiene un centro de salud con su nombre al frente de donde funcionaba la comisaría del menor. El gobernador Gildo Insfrán en la inauguración lo recordó como una persona “que tuvo esa capacidad de practicar el verdadero humanismo”.


El ministro de Gobierno, Wilfrido Zamudio Godoy, dos meses después del incendio juró como diputado provincial y al tiempo como senador nacional. Hoy tiene una calle llena de baches con su nombre.


La directora de Minoridad en 1985, Adriana Bertolozzi de Bogado, esposa de Floro, fue diputada provincial en 1989 y reelecta en las siguientes elecciones.


En 1985, la comisaría del menor se creó bajo la aprobación de Vicente Joga cuando era ministro de Gobierno. En 1989 cuando se incendió, era gobernador e Insfrán su vice. En 1991 fueron reelectos. 


Lorenzo Elvio Borrini pasó de ser jefe de policía a secretario de Gobierno de Joga y ministro de Gobierno, Justicia y Trabajo de Gildo Insfrán, durante más de una década. El 4 de septiembre de 2002, cuando se denunciaba represión y tortura por parte de la policía en el barrio NamQom, declaró: “Si hubo presuntas implicancias de abuso policial no habrán sido exageradas. En el Namqom buscaban a una banda de asesinos, por eso no se podía tener un tratamiento especial”. En 2021 cuando murió, el gobierno y los medios de comunicación lo despidieron con honores.


La democracia nuevamente hace la vista obesa.


Carlos Ayala y Rubén Maidana

Carlos Ayala y Rubén Maidana


***


¡OH GRACIA DE DIOS DIVINA JUSTICIA!, dice Alfredo mientras mira al cielo y levanta las manos.


—Me enteré que dos de los policías murieron quemados. Uno en año nuevo se durmió, se le cayó el pucho en el colchón y se prendió fuego


—¿Se acuerda el nombre?


—Pánfilo Mendoza, me hiciste acordar, una memoria de elefante tengo.


—Qué casualidad—le digo parado desde mi agnosticismo.


—¡Noo, no, que casualidad!. El karma, de la misma forma murió. Después hay otro en el barrio que está solo, borracho, con un montón de familia pero solo. Y hay otro que murió paralítico, con un montón de enfermedades.


Alfredo me dice que así los va siguiendo, porque muchos policías pasaron por la comisaría y él cree en la justicia divina. O en el karma, como uno lo quiera llamar.


Claudia también es muy creyente y va a las misas de aniversario desde hace más de treinta años, cuando les dejaron hacerlas: “En los primeros tiempos no querían ni que los nombren a los chicos, no permitían que se ponga la cruz, que nos reunamos, no permitían nada ahí. Después de un tiempito sí, una vez uno de los jefes nos permitió hacer dentro de la comisaría”.


También recuerda que la persecución aumentó después del incendio, en especial a los curas Marcilio Leguizamón y Delis Luque, y en coincidencia —o no— hasta la fecha en que aproximadamente terminó el juicio. Claudia relata que hacían la caminata de antorcha, rezando o en silencio y con la idea de llegar al mástil que está en la entrada a la costanera, pero les apagaban las luces de la calle y muchísimas veces mandaban policías.


—Después de eso lo persiguieron tanto al padre Luque, porque era franciscano, lograron levantar la orden franciscana en Formosa.


—¿Qué significa levantar la orden?


—Sacarlos de Formosa, a raíz de todo esto sacaron la congregación religiosa que atendía en San Luis Rey—me dice el cura Federico Aquino.


Durante un tiempo la parroquia ayudaba a las familias de los chicos muertos, pero después, recuerda Claudia, se fueron yendo porque eran amenazados. Desde hace años ya no hay familiares en las misas recordatorias y nunca hubo dirigentes políticos. El padre Luque le contó que él quiso hablar con una mamá y la madre le respondió: “No no, ya está ya, ya está enterrado”. 


—¿Cómo hace el miedo, no? Porque no creo que ninguno de los niños le haya contado a sus padres lo que pasaba, qué hacían con los chicos, dice Claudia.


Alfredo señala a la puerta del fondo como el baño

Alfredo señala a la puerta del fondo como el baño


***


Pablo recién de adulto, pudo conocer lo que vivió su hermano, porque había una parte de su vida que Marcelo no quería blanquear del todo. Lo había marcado salir justo a tiempo y saber que muchos de sus amigos murieron en el incendio. Prefería hablar de anécdotas que tenía con los chicos antes que de lo que vivió ahí adentro. 


—Eso también influyó mucho en su decisión de vida después, de velar por los chicos de la calle —reflexiona Pablo mientras fuma.


Cree que la comisaría del menor y las situaciones de persecuciones que vivían los adolescentes en la provincia hicieron que su hermano migrara: “Él habrá tenido 17 más o menos, era ese tiempo antes de que se vaya. Me acuerdo de él todo golpeado porque lo había agarrado la brigada en la calle. No lo llevaron pero sí lo recontra re mil garrotearon”. 


Estar en la asociación Ñandemitá le dio la posibilidad a Marcelo de que lo contactaran con Alberto Morlachetti, que estaba al frente del movimiento Los Chicos del Pueblo, en Buenos Aires. Un tiempo después, su vida inquieta lo llevó a Rosario, donde formó una familia, y a los años a vivir en Río Cuarto. En todos los lugares ayudó a los chicos de la calle a través de su oficio de panadero.


Pablo es muralista y además de mostrar su arte en Formosa también lo hace en otras provincias. El año pasado estaba en Tucumán cuando la salud de Marcelo empeoró en los primeros días de octubre y lo fue a ver. Recuerda que, en los días previos a su fallecimiento, su hermano no podía dormir de noche por los dolores crónicos, pero que entre risas hablaron de muchas cosas. Entre ellas, de los chicos de la comisaría del menor.


Marcelo junto con los chicos de Pelota de trapo

Marcelo junto con los chicos de Pelota de trapo


Alfredo tampoco habló mucho de lo que vivió: “Realmente vos sos el primero”, me dice e interrumpe su relato.


—Pará que tenemos un ritual con él.


—Y tomó su cuerpo, lo partió y le dijo tomá hijo mío un pedazo.


Partió a la mitad una torta parrilla que había alzado hacia el cielo con las manos, se la ofreció a su amigo que estaba sentado al lado y también a mí.


¡AAHH! dice mientras mastica. Hay movimiento ahí.


 —¿En dónde?


—En la comisaría. Sii no pueden estar ahí, salen corriendo a veces los policías, hay noches que no pueden estar, cuenta riéndose.


Más adelante dice que ese lugar no tiene que ser más una comisaría donde tengan gente, sino un lugar de homenaje, que él cree en esas cosas. Después de que estuvo ahí volvió a pasar solamente dos veces por ahí porque no le gusta, ni le gustaría quedarse a mirar: “Yo sé que hay cosas que se borraron de mi cabeza porque las cosas feas a veces se borran, se borran las cosas malas. Debe ser un mecanismo de defensa, imaginate tener eso, vivís todo traumado”.


Alfredo sentía que todas las madrugadas lo despertaban y lo llevaban al fondo de su casa. No podía dormir más y se iba al centro entre las dos o tres de la mañana. Se compuso gracias a un tratamiento psiquiátrico con una doctora mendocina de apellido Tessio. 


 —¿Vos estuviste preso alguna vez?—me pregunta


—No no.


 —¿Nunca?


—No no.


—Tenés que ir, ahora es diferente—dice entre risas.


Nueva Era es un medio autogestivo. No tiene apoyo de políticos ni respaldo empresarial.
Eso da libertad para contar y profundizar en ciertos temas, pero también tiene un costo.

Si valorás este contenido, podés acompañarlo con uno o más cafecitos. Tu aporte hace posible que Nueva Era siga publicando.

Comentarios


bottom of page