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Una vida después de Malvinas

  • Foto del escritor: Franco Medina
    Franco Medina
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura


Por: Florencia Gómez Casadella


El 2 de abril, para Carlos Fuentes, empezó a quedar en su memoria desde las primeras horas de la mañana. Eran las 7 cuando lo fueron a despertar porque un soldado llegó a su casa con la noticia de que las Islas Malvinas habían sido tomadas y debía presentarse de inmediato en el Regimiento de Infantería 5 de Paso de los Libres, en Corrientes. Tenía 26 años y era sargento mecánico de Comunicaciones. “Para mí fue una sorpresa tremenda, pero desde el primer momento presentí que íbamos a ir”. 


Durante días, su trabajo antes de viajar fue a contrarreloj: reparar equipos, poner en condiciones los sistemas de comunicación y revisar todo para que no haya ninguna falla. “En una guerra, las comunicaciones son fundamentales”, explica.


El 16 de abril partieron. Primero en tren hasta Santa Fe y después en un Boeing 737 sin asientos y espaldas con espaldas, hasta Comodoro Rivadavia. Unos días más tarde los trasladaron definitivamente a las islas.


La llegada a Malvinas fue fría en todo sentido. Esa primera noche en Puerto Argentino, mientras armaban las carpas escuchó por radio noticias sobre combate en las islas Georgias del Sur: “Se hablaba de cuerpos en la playa, de que el enemigo los había superado. Había mucha incertidumbre, no sabíamos qué era cierto y qué no”.


Al día siguiente, en helicóptero, fue trasladado a Puerto Howard, donde se asentó definitivamente el regimiento.


Ya en combate, un día tuvo que buscar resguardo para sus soldados en una casa cercana que tenía caldera para mantener el calor. Los metió a todos porque era uno de los pocos lugares donde podían estar un poco más cubiertos, ya que, en el terreno, cavaban pozos y levantaban pequeños parapetos para cubrirse y resistir. “Las bombas caían tan cerca que nos tiraban tierra encima”.


Carlos también recuerda que hubo días en los que el milagro fue su mejor aliado. En una de las corridas para cambiar de posición, una bomba cayó cerca y las esquirlas perforaron todo alrededor, pero ninguno de sus soldados resultó herido.


En medio de todo el caos, también hubo situaciones inesperadas: “Un prisionero ingles que tuvimos un par de días aprendió a tomar mate y comía torta frita con nosotros”, recuerda Carlos.


El 14 de junio, después de 74 días de conflicto, el general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición ante su par británico Jeremy Moore. Ese día a la tarde, al grupo que integraba Carlos les avisan que se tienen que rendir, porque al otro día llegaban los ingleses. Entregaron las armas y fueron prisioneros.


A partir de ahí el regreso al continente fue largo: desde las islas, los trasladaron en lanchones de desembarco, después subieron a un buque de transporte y finalmente al Canberra, un transatlántico adaptado para la guerra. “Ahí nos revisaron todo y nos dieron de comer”, recuerda.


En toda esa situación hay una escena en Puerto Madryn que le quedó grabada:

“Es el día que la ciudad se quedó sin pan. La gente salió a recibirnos, a darnos comida, cigarrillos. Nos prestaron teléfonos para que pudiéramos avisar a nuestras familias que estábamos vivos. Fue una solidaridad impresionante”.


Una vez liberado, siguieron los traslados: Trelew, Buenos Aires, Campo de Mayo y finalmente el regreso a Corrientes. Ahí volvió a su rutina centrada fundamentalmente en la reorganización del regimiento y recuperación de armamentos, entre otros trabajos.


Pero una parte suya no regresó. Los problemas emocionales empezaron en los años ‘89, ’90, cuando notó cambios en su carácter y a tener reacciones violentas que antes no las tenía. “Yo reaccionaba sacando la pistola”, recuerda. En ese momento decidió pedir la baja porque no quería lastimar a nadie.


Las secuelas físicas también empezaron a manifestarse: principios de congelamiento en las piernas. Problema que años más tarde derivaron en una junta médica y su reincorporación al Ejército en 1999, ya como suboficial retirado.


También tuvo la dificultad de reinsertarse en una sociedad que, según su mirada y confirmada con el proceso de desmalvinización, no estaba preparada para recibirlos: “Se empezó a hacer una campaña en contra de lo que pasó en Malvinas. La palabra militar era mala palabra y durante mucho tiempo no se contó toda la verdad de lo que ocurrió en la guerra”.


Con los años algo de eso cambió, el reconocimiento llegó pero no de la misma manera para todos, porque en distintos actos oficiales los veteranos quedaban relegados. Entonces para él el pueblo si los reconoce, pero los políticos no.


Desde el 2008 Carlos vive en Formosa, ahí el vínculo con otros ex combatientes fue distinto. Su compañero, Cepriano Gómez, lo acercó de a poco a algunas actividades que realizaban, sobre todo a charas en escuelas. “Me fue ablandando”, recuerda. Aunque también marca su postura: “Soy medio cerrado, no participo mucho, aunque accedí a dar charlas dentro del ámbito militar o en algunas convocatorias puntuales”.


En ese contexto, destaca gestos concretos más que discursos. Menciona, por ejemplo, a un suboficial principal del Regimiento 29, Emilio Concha, que organizar encuentros, homenajes y reconocimientos para los veteranos.


Sobre si se sintió acompañado al volver, Carlos no responde enseguida. “En ese momento no lo sentí así”, dice. Y agrega que el regreso fue casi automático, como si el reloj no se detuviera. Recién con el tiempo empezaron a organizarse y a reclamar. “Muchas de las cosas que tenemos hoy se consiguieron después”, agrega en referencia a las pensiones, las leyes y la atención en salud mental.


 Carlos en un homenaje junto a su familia


Al hablar de lo que le gustaría que la gente entienda sobre los excombatientes, no duda: “Que se diga la verdad”. Para él, hay cosas que con el tiempo se contaron mal o a medias. Sobre todo, remarca: “No eran chicos de la guerra, eran hombres”.


También cuestiona la idea de que todo haya sido “algo” improvisado y aclara que los soldados argentinos eran respetados incluso por los ingleses. Para afirmar sus dichos recuerda una frase que -según dice- vino del propio enemigo: “Si ellos resistían unos días más, la situación podría haber sido distinta”.


“Nosotros somos historia, estoy orgulloso de haber participado”, relata Carlos Fuentes.

 

En el medio de la entrevista, vuelve a recordar escenas del combate directo y se detiene en una situación particular, cuando lograron derribar un avión enemigo con una lluvia de disparos. El piloto logró eyectarse, pero quedó en una situación límite y tuvo que ser rescatado. Con su batallón lograron dejar fuera de servicio a más de una nave. “Los bombardeos navales duraban horas, toda la noche”, resume.


Como él estaba a cargo de la energía, tuvo que instalar un generador para que pudieran atender a los heridos en una enfermería improvisada. Las imágenes, los gritos y las intervenciones de urgencias son situaciones que todavía la recuerda como si fueran ayer.


Uno de los homenajes que más lo conmovió se lo hicieron en su casa junto a su familia.


En todos estos años, uno de los homenajes que más lo conmovió a Carlos fue el que se lo hicieron en su casa junto a su familia. Ahora a 44 años del inicio de la guerra le gustaría volver a Malvinas. Antes no estaba en sus planes, pero con el tiempo eso cambió. Incluso recuerda que, antes de la rendición, dejó enterrada una parte de su fusil en el lugar.


“Voy a llorar como un loco pero es un ciclo que tengo que cerrar. Si dios me da salud…”.



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