top of page

Mi momento más esquizo”: memes, estigmas y miedos alrededor de la esquizofrenia

  • Foto del escritor: Franco Medina
    Franco Medina
  • 24 may
  • 5 min de lectura


Por: Franco Medina


En los últimos años los temas referidos a salud mental empezaron a tomar cierto protagonismo en la discusión pública y en internet. Pero en paralelo, también convive la idea de que todo puede –o debe– tomarse con liviandad, convertirse en meme, en un chiste rápido o en un frase para ganar viralidad. Y en el cruce de estas lógicas, muchas palabras pierden contexto o significado.


Sin embargo, cuando aparece algún cuestionamiento sobre lo que se dice o para que se utilizan determinados términos, suelen aparecer respuestas con cierto grado de arrogancia: “generación de cristal”, “ya no se puede hacer un chiste”, “no todo es tan literal”, “yo me crié así”.


Una frase popular que se lee o escucha mientras se scrollea Tik Tok o Instagram es “mi momento más esquizo…”, utilizada para marcar una contradicción cotidiana o un cambio de opinión repentino. Pero la realidad está bastante alejada de eso.


Aunque muchas de estas expresiones hoy circulan en redes sociales con tono irónico o humorístico, no surgieron en esta vieja nueva época digital, sino que tienen su raíz en una histórica forma de abordar y contar los padecimientos mentales: castigos divinos, brujerías, persecuciones, ejecuciones, encierros, shocks, lobotomías. 


“Históricamente la salud mental fue narrada desde el miedo y no desde la comprensión”, señala la psicóloga y presidenta de la fundación Libella, Yessica Müller. En el caso de la esquizofrenia, explica que durante décadas los medios mostraron casos extremos o episodios aislados, vinculándolos automáticamente con diagnósticos psiquiátricos y generando una asociación injusta entre trastorno mental y violencia. 


Distintos estudios e investigaciones de organismos de salud coinciden en que menos del 10% de los hechos de violencia que ocurren en la sociedad pueden atribuirse a personas con esquizofrenia. Lo que eleva el riesgo son factores que también podrían volver violenta a una persona sin la enfermedad: consumo problemático de drogas o alcohol, haber sufrido abusos, haber crecido en contextos de exclusión o abandono social. 


La fórmula, de hecho, funciona al revés: “las personas con esquizofrenia tienen muchas más probabilidades de ser víctimas de violencia, exclusión o abandono que de ejercer violencia hacia otros”, explica la psicóloga.


Los medios de comunicación también tuvieron un rol importante en la construcción de estos estigmas. Durante décadas la esquizofrenia apareció asociada a títulos policiales, videos sensacionalistas o personajes violentos. Lo mismo ocurrió y ocurre con las películas, un villano necesita causar temor, rechazo, bronca, entonces muchas veces se lo construye desde la locura. Y en algunos casos, al “malo de la pelicula” se lo termina representando también en la vida real. 


Yessica remarca que se necesita una comunicación más responsable sobre salud mental, lo cual no quiere decir que se tenga que generar miedo o que se romantice el sufrimiento: “Hay que ayudar a comprender que detrás de cada diagnóstico hay personas que merecen acompañamiento, respeto y oportunidades”. 


La forma en la que se ve y representa a la esquizofrenia, uno de los trastornos más complejos de la salud mental, no termina solo en lo discursivo, también influye directamente en la vida cotidiana de las personas diagnosticadas: se estima que entre el 70 y el 90% de las personas diagnosticadas con esquizofrenia se encuentran desempleadas, incluso queriendo trabajar.


En nuestro país la información es fragmentaria, pero una investigación publicada en la Revista Argentina de Salud Pública, señaló que el 93% de las personas con trastornos mentales severos que no trabajan manifiestan interés en hacerlo.


Al hablar de personas con sus propias historias y contextos, la idea de que no pueden construir una vida autónoma o sostener vínculos no funciona de manera tan lineal: “Se pueden generar distintos niveles de afectación, pero también sabemos que el pronóstico mejora muchísimo cuando hay diagnóstico temprano, tratamiento adecuado, acompañamiento familiar y redes de contención social”, sostiene la psicóloga. Y agrega que muchas personas gracias a esto logran desarrollar proyectos, estudiar, trabajar, enamorarse, formar familias y sostener rutinas cotidianas.


En cuanto a lo personal, también hay diferencias entre convivir con la enfermedad y convivir con el estigma alrededor de la enfermedad. El temor a ser etiquetados, juzgados o excluidos hace que muchas veces oculten su diagnóstico, abandonen el tratamiento o eviten pedir ayuda. Por ejemplo, 8 de cada 10 trabajadores que padecen un problema de salud mental prefieren ocultar su diagnóstico en sus lugares de empleo por miedo a ser despedidos, a sufrir burlas o a perder posibilidades de ascenso. 


“Convivir con esquizofrenia implica atravesar síntomas, tratamientos, momentos de mayor vulnerabilidad y un enorme trabajo de adaptación personal y familiar. Pero convivir con el estigma significa además tener que enfrentar el miedo, los prejuicios, las miradas sociales, la discriminación y el rechazo”, señala la entrevistada. 


Estas dificultades quedan aún más marcadas si se focaliza en provincias o localidades con pocos habitantes, donde el “qué dirán” o lo diferente suele generar rechazo. Muchas familias atraviesan este proceso en silencio y con miedo a quedar aislados, marcados socialmente o por vergüenza. 


En el caso de Formosa, existen profesionales y equipos de salud mental que trabajan tanto en el ámbito público como privado, intentando acompañar situaciones complejas y sosteniendo tratamientos a largo plazo. También hay dispositivos de atención en hospitales generales y servicios de urgencia que cumplen un rol importante. 


Pero particularmente, en el interior de la provincia, existe otra dificultad además del estigma: la dificultad de acceso a los tratamientos. No todas las localidades cuentan con dispositivos especializados de salud mental, hospitales de día, equipos interdisciplinarios o profesionales formados para acompañar trastornos mentales graves.


Yessica remarca que muchas familias tienen que recorrer largas distancias para acceder a una consulta psiquiátrica, sostener controles o conseguir medicación, y en un enfermedad como la esquizofrenia, que es fundamental la continuidad del tratamiento, estas dificultades pueden impactar directamente en la estabilidad y calidad de vida de las personas. “Por eso, cuando hablamos de salud mental, también tenemos que hablar de desigualdad en el acceso. No alcanza con decir que existen tratamientos si esos tratamientos no llegan de manera real y sostenida a quienes viven lejos de los grandes centros urbanos”.


Para que la esquizofrenia tenga un abordaje integral se necesita: más dispositivos comunitarios, hospitales de día, mayor acceso a consultas psiquiátricas, continuidad en los tratamientos y acompañamiento familiar sostenido, especialmente en el interior provincial. 


Uno de los grandes desafíos sigue siendo fortalecer una red comunitaria y territorial de salud mental, y que sea realmente tomada como una prioridad de política pública, con la seriedad, inversión y planificación que requiere. “Hablar de salud mental no debería limitarse solamente a intervenir en la crisis, sino también a construir redes de cuidado, inclusión y prevención a largo plazo”, remarca Yessica. 


La esquizofrenia no define por completo a una persona: detrás del diagnóstico hay alguien con historia, emociones, capacidades, vínculos y proyectos, no solamente una enfermedad. Con tratamiento muchas personas pueden sostener rutinas, trabajos, estudios y construir una vida con sentido cuando cuentan con acompañamiento adecuado y redes de apoyo.


Para esto es fundamental el apoyo de la familia y amigos, que cumplen un rol muy importante en la recuperación y en la calidad de vida. Una comunidad que incluye, acompaña y no juzga puede marcar una diferencia profunda. No necesariamente a través de la distancia o sobreprotección, sino por medio de la escucha, acompañamiento, acceso a tratamiento y que las personas puedan seguir viendo a alguien más allá del diagnóstico.


“El miedo, la discriminación, las burlas o el rechazo muchas veces generan tanto dolor como los propios síntomas. Por eso es tan importante dejar de hablar únicamente de la enfermedad y empezar a hablar también de derechos, inclusión y dignidad. El problema, es que el miedo vende más que la empatía”, cierra Yessica.



Yessica Müller

Psicológa ~ M.P. N° 183

Presidenta Fundación Libella



Nueva Era es un medio autogestivo. No tiene apoyo de políticos ni respaldo empresarial.
Eso de libertad para contar y profundizar en ciertos temas, pero también tiene un costo.

Si valorás este contenido, podés acompañarlo con uno o más cafecitos. Tu aporte hace posible que Nueva Era siga publicando.

Comentarios


bottom of page